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Yaiza bajo el Sol de Sitges (novela corta)

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Yaiza bajo el Sol de Sitges





Yaiza bajó del tren en la estación de Sitges a última hora de la mañana, con el calor catalán ya pesando sobre su piel. A sus cuarenta y ocho años, había aprendido a apreciar estas escapadas solitarias que le permitían sentirse plenamente ella misma. Su largo cabello rubio ondulado caía sobre sus hombros, y sus gafas de montura fina le daban ese aire intelectual y pícaro que tanto le gustaba cultivar. Bajo su ligero vestido de lino blanco, su cuerpo estaba libre: sin ropa interior, solo su piel, su polla ya medio dura por la excitación del viaje, y su pecho plano pero sensible que a veces acariciaba con las yemas de los dedos.

Había alquilado una pequeña villa en las colinas con vistas al mar, pero solo dejó sus maletas el tiempo suficiente para ponerse un pareo transparente y dirigirse a la playa naturista más salvaje, la que se extendía más allá de las rocas, lejos de las miradas indiscretas de los turistas habituales.

El sol pegaba fuerte cuando extendió su toalla sobre la arena caliente. Dejó caer el pareo sin dudarlo. Su cuerpo desnudo se ofreció a la luz: sus piernas largas y tonificadas, sus nalgas redondas y firmes, su polla circuncidada que colgaba pesadamente entre sus muslos, ya ligeramente hinchada por la caricia de la brisa marina. Yaiza se tumbó boca abajo, con las piernas ligeramente abiertas, saboreando el calor sobre su piel.

Fue entonces cuando los vio.

Una pareja, un poco más allá, instalada sobre una gran toalla azul. El hombre, Marc, rondaba los cuarenta y pocos años, cuerpo atlético, bronceado, con una barba corta bien cuidada y una polla gruesa que descansaba sobre su muslo. La mujer, Elena, era de una belleza perturbadora: cuarenta y dos años, curvas generosas, pechos pesados con pezones oscuros, cintura estrecha y caderas anchas. Su coño estaba perfectamente depilado, sus labios íntimos ligeramente entreabiertos por la posición tumbada.

Sus miradas se cruzaron. Yaiza sonrió suavemente. Marc y Elena le devolvieron la sonrisa con esa franqueza típica de los naturistas. Sin vergüenza, solo una curiosidad amable. Las miradas se demoraron. Yaiza sintió cómo su polla se endurecía contra la toalla. No hizo nada por ocultarla. Al contrario, se giró boca arriba, ofreciendo su erección creciente al sol y a sus ojos.

Elena susurró algo al oído de Marc. Se rieron suavemente. Luego Elena se levantó y se acercó, su cuerpo balanceándose con gracia natural.

—Hola… Me llamo Elena. Él es Marc. Te hemos notado. Eres preciosa.

Yaiza se incorporó sobre los codos, su pecho plano tensándose ligeramente.

—Yaiza. Encantada. ¿Lleváis mucho tiempo juntos?

—Diez años —respondió Marc uniéndose a ellos—. Y nos gusta compartir cuando hay conexión.

La conversación fluyó con naturalidad. Hablaban español con un ligero acento francés. Eran de Lyon, de vacaciones por dos semanas. Yaiza les contó sobre su vida en Barcelona, su deseo de libertad, su rechazo a las etiquetas. Les confesó sin filtros que era una femboy, que le gustaba sentirse mujer mientras conservaba su cuerpo de hombre. No se sorprendieron. Al contrario, sus ojos brillaban de interés.

La tarde pasó entre conversaciones ligeras y silencios cargados. Elena extendió crema solar sobre la espalda de Yaiza, sus manos bajando lentamente hacia sus nalgas. Marc los observaba, su polla endureciéndose visiblemente. Yaiza gimió suavemente cuando los dedos de Elena rozaron su ano.

—¿Te gusta que te toquen ahí? —murmuró Elena.

—Me encanta —respondió Yaiza con voz ronca.

Ese primer día no fueron más lejos. Solo caricias inocentes, miradas ardientes y un ligero beso en los labios entre Yaiza y Elena antes de separarse al atardecer.

Al día siguiente se encontraron en el mismo lugar. Esta vez el ambiente era más eléctrico. Elena se tumbó junto a Yaiza, sus cuerpos desnudos rozándose. Marc se unió pronto. Las manos exploraron con más libertad. Yaiza sintió los dedos de Elena alrededor de su polla, acariciándola lentamente mientras Marc besaba su nuca.

—¿Podemos ir más lejos? —preguntó Elena.

—Sí —respondió Yaiza sin dudar—. Lo deseo desde ayer.

Se levantaron los tres y caminaron hasta un rincón más discreto, protegido por rocas. Allí, Elena se arrodilló frente a Yaiza y tomó su polla en la boca. La chupó con avidez experta, su lengua girando alrededor del glande mientras Marc acariciaba el pecho de Yaiza y pellizcaba sus pezones. Yaiza gemía, con las manos en el cabello de Elena.

Marc se colocó detrás, su polla dura presionada entre sus nalgas, lubricada por el sudor y el protector solar.

—¿Quieres sentirnos a los dos? —murmuró.

—Sí… los dos a la vez —suspiró Yaiza.

Ese día no lo hicieron todavía, pero la promesa estaba hecha. Regresaron juntos a la villa de Yaiza. Las vistas al mar desde la terraza eran espectaculares. Cenaron desnudos, bebiendo vino fresco, riendo y acariciándose.

Aquella noche fue su primer encuentro real.

En la gran cama de sábanas blancas, Elena y Yaiza se besaron profundamente, sus lenguas danzando con ternura. Elena besó cada centímetro del cuerpo de Yaiza: sus hombros, sus pezones, su vientre, luego su polla, que tomó hasta el fondo de su garganta. Yaiza, tumbada boca arriba, abrió las piernas. Marc se colocó detrás de Elena, penetrándola lentamente mientras ella chupaba a Yaiza.

Luego llegó el turno de Yaiza. Elena se sentó sobre su rostro, ofreciéndole su coño húmedo a su lengua. Yaiza lamió con pasión, saboreando sus jugos dulces mientras Marc lubricaba su ano con gel e introducía primero un dedo, luego dos. Yaiza gimió dentro del coño de Elena cuando Marc la penetró por fin, profundamente, con un potente empujón.

—Joder… sí… fóllame —jadeó Yaiza.

Elena se giró para besar a Marc mientras frotaba su clítoris contra la polla de Yaiza. Los movimientos se aceleraron. Marc embestía con fuerza el culo apretado de Yaiza, sus huevos golpeando contra sus nalgas. Yaiza se corrió primero, su semen salpicando su vientre y los pechos de Elena. Marc continuó, luego se retiró para eyacular sobre los rostros de las dos mujeres, que se besaron compartiendo su leche.

Permanecieron entrelazados toda la noche, con caricias tiernas y susurros amorosos.

Los días siguientes fueron un torbellino de placer y conexión profunda.

Por las mañanas regresaban a la playa. El exhibicionismo se convirtió en su juego favorito. Yaiza se dejaba chupar por Elena delante de algunas miradas discretas de otros naturistas. Una tarde, Marc la folló a cuatro patas sobre la arena caliente mientras Elena sujetaba su cabello y la besaba. A Yaiza le encantaba sentirse observada, su polla dura balanceándose entre sus muslos mientras la sodomizaban.

Por las noches, en la villa, exploraban más lejos. Una noche colocaron un gran espejo frente a la cama. Yaiza estuvo en el centro: Elena cabalgando su polla por delante mientras Marc la tomaba por detrás. La doble penetración fue intensa. Yaiza gritó de placer cuando las dos pollas la llenaron al mismo tiempo, rozándose entre sí a través de la fina pared. Sus piernas temblaban, su cuerpo cubierto de sudor. Elena la besaba apasionadamente, acariciando su clítoris hinchado mientras se dejaba follar por el miembro de Yaiza.

—Me encanta verte así… llena —susurró Elena.

—Soy vuestra… tomadme —respondió Yaiza entre gemidos.

Cambiaran de posiciones sin fin: Yaiza a cuatro patas, chupando a Marc mientras Elena la fistaba suavemente; Elena y Yaiza en un 69 mientras Marc las penetraba por turnos; sesiones de pura ternura donde las dos mujeres se acariciaban largo rato, lamiéndose con amor mientras Marc las miraba, masturbando su gruesa polla.

El exhibicionismo continuó fuera de la playa. Una noche, en la terraza de la villa iluminada por la luna, Yaiza fue follada de pie contra la barandilla, dominando el mar. Elena estaba de rodillas delante de ella, lamiendo su polla y sus huevos mientras Marc la sodomizaba con violencia. Las luces lejanas de los barcos podían verlos, y esa idea los excitaba locamente a los tres.

Pero más allá del sexo, estaba naciendo una verdadera historia de amor.

Hablaban durante horas. Yaiza compartió sus dudas, su vida a veces solitaria a pesar de su seguridad, su deseo de ser amada por quien realmente era. Elena y Marc le hablaron de su relación abierta, de su amor sólido y de cómo Yaiza aportaba una chispa nueva. Paseaban por la playa al atardecer, cogidos de la mano los tres, desnudos o ligeramente vestidos, besándose con ternura.

El quinto día, durante un paseo en barco que alquilaron, hicieron el amor mar adentro. Yaiza, tumbada en la cubierta, fue tomada por los dos a la vez bajo el cielo azul. El barco se mecía suavemente al ritmo de sus embestidas. Elena lloró de placer al correrse, abrazando fuerte a Yaiza. Marc se unió a ellos en el orgasmo, llenando el culo de Yaiza con su semen caliente.

La última noche fue la más emotiva.

Permanecieron en la cama casi todo el día. Caricias lentas, besos por todas partes, declaraciones susurradas. Yaiza estuvo en el centro de un trío infinitamente tierno y perverso: Elena follándola con un strap-on mientras Marc la sodomizaba, sus cuerpos pegados, sudor contra sudor, corazones latiendo al unísono. Yaiza se corrió varias veces, su cuerpo sacudido por espasmos, gritando sus nombres.

Cuando por fin se durmieron, entrelazados, Yaiza se sintió completa. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía sola.

La mañana final, en la playa, se despidieron sin tristeza excesiva. Sabían que se volverían a ver. Elena y Marc regresaban a Lyon, pero ya habían planeado volver a Sitges en otoño. Yaiza los besó larga y profundamente, saboreando sus bocas una última vez.

—Me habéis dado más que placer —murmuró—. Me habéis recordado que puedo ser amada completamente.

Elena acarició su mejilla.

—Y tú nos has abierto todavía más. Te queremos, Yaiza.

Se separaron bajo el sol, los cuerpos marcados por los recuerdos, los corazones llenos.

Yaiza se quedó dos días más en Sitges, sola esta vez. Regresó a la playa, desnuda, sonriente, su cuerpo todavía sensible por los abrazos pasados. Sabía que este verano había cambiado algo en ella. El mar brillaba, el viento acariciaba su piel, y en su vientre aún danzaba el recuerdo de sus dos cuerpos contra el suyo.

Estaba viva. Plenamente, libremente, sexual y románticamente viva.





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